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EL ARTE COMO FARO

Intentando no naturalizar la injusticia

Hace tiempo que intento entender por qué sigo pintando. No me refiero a la necesidad física de hacerlo, porque esa siempre estuvo ahí, sino a esa otra pregunta más difícil, la que aparece cuando uno mira el mundo y se pregunta qué sentido tiene seguir produciendo imágenes en una época atravesada por guerras, desigualdades, abusos de poder y una velocidad que parece devorarlo todo.
Nunca pude acostumbrarme a la injusticia. Hay personas que logran aceptarla como si fuera parte natural del paisaje, como si siempre hubiera sido así y por lo tanto no tuviera sentido indignarse. Yo nunca pude. Todavía me afecta ver cómo algunos seres humanos son capaces de construir su bienestar sobre el sufrimiento de otros, cómo los más vulnerables suelen cargar con las consecuencias de decisiones que nunca tomaron y cómo tantas veces la indiferencia termina siendo más poderosa que la propia violencia.
Quizás por eso muchas de las preguntas que atraviesan mi trabajo no tienen que ver únicamente con la pintura. Tienen que ver con la memoria, con los territorios, con aquello que desaparece, con las fronteras visibles e invisibles que separan a unos de otros, con las marcas que deja el paso del tiempo y con la fragilidad de todo aquello que creemos permanente.
A veces pienso que mi obra no habla de otra cosa que de la vulnerabilidad. La vulnerabilidad de los cuerpos, de los ecosistemas, de las memorias colectivas, de las personas que quedan a la intemperie cuando el sistema deja de protegerlas. Tal vez por eso siempre me sentí más cerca de la figura del navegante que de la del artista encerrado en un estudio. El navegante sabe que tarde o temprano aparece la tormenta y también sabe que frente a ciertas fuerzas desaparecen las diferencias de poder, de dinero o de prestigio. El mar tiene la capacidad de recordarnos algo que solemos olvidar: somos profundamente frágiles.
Con los años comprendí que esa sensibilidad que muchas veces pesa también es una responsabilidad. Porque una vez que uno ve ciertas cosas ya no puede hacer de cuenta que no las vio. Una vez que escucha determinadas historias ya no puede volver a vivir exactamente igual. Y quizás el arte tenga que ver con eso, con encontrar una forma de permanecer despierto en medio de una época que permanentemente nos invita a distraernos.
No creo que una obra pueda cambiar el mundo. Nunca tuve una mirada tan ingenua. Pero tampoco creo que el arte sea un objeto destinado únicamente a decorar espacios o a circular como mercancía. Me interesa pensar que una obra puede funcionar de otra manera, como una señal en medio de la niebla, como una presencia que permanece cuando todo parece empujar hacia el olvido.
Últimamente apareció una imagen que vuelve una y otra vez a mi cabeza: la del faro. No como monumento ni como símbolo heroico, sino como una luz que permanece encendida durante la noche. El faro no elimina las tormentas, no modifica las corrientes ni garantiza que todos los barcos lleguen a destino. Su función es mucho más humilde y, quizás por eso mismo, más profunda. Permanece allí. Resiste. Señala una presencia en medio de la oscuridad.
Tal vez eso sea lo que busco cuando pinto. No ofrecer respuestas ni certezas, sino mantener encendidas algunas preguntas que considero esenciales. Preguntas sobre la memoria, sobre la justicia, sobre nuestra relación con el otro, sobre aquello que decidimos proteger y aquello que dejamos perder.
Si existe un sentido en todo esto, quizás tenga que ver con eso. Con sostener una pequeña luz frente a la oscuridad de la indiferencia. Con seguir creyendo que la sensibilidad no es una debilidad sino una forma de resistencia. Con recordar que todavía hay cosas que merecen ser defendidas.
Aunque la tormenta siga ahí.