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Del lienzo al territorio: hacia una pintura habitable

Mi pintura empezó como una superficie, pero cada vez más se comporta como un lugar. No me interesa solamente construir imágenes: me interesa construir territorios sensibles, espacios donde la materia, la luz y el cuerpo puedan entrar en relación.
Esa búsqueda no apareció de manera repentina. Tiene un origen concreto: el aislamiento, el refugio, el barco, el Rincón Náutico, la necesidad de transformar un espacio precario en taller y de sostener una práctica pictórica en medio de la intemperie. Durante la pandemia, el acto de pintar dejó de ser únicamente una decisión artística y se volvió una forma de permanencia. Pintar era construir un lugar cuando todo parecía suspendido.
Desde entonces, mi obra empezó a desplazarse. La pintura ya no quería quedarse encerrada en el cuadro como imagen frontal. Empezó a pedir escala, cuerpo, recorrido, oscuridad, luz, distancia, silencio. Empezó a exigir condiciones espaciales para desplegarse. La superficie se volvió insuficiente porque la obra comenzó a comportarse como una experiencia.
En ese proceso, el refugio fue el primer modelo de obra habitable. El Sylene no fue solo un barco: fue una arquitectura mínima de supervivencia, una frontera flotante entre el mundo exterior y una zona íntima de resistencia. El Rincón Náutico de la isla del Club San Fernando tampoco fue solo un lugar de trabajo: fue el primer territorio indómito, un espacio donde la pintura pudo aparecer sin pedir permiso, atravesada por el río, la noche, la humedad, la precariedad y la necesidad.
Esa experiencia todavía permanece en mi investigación actual. Aparece en Territorios del Último Canto, donde la pintura se organiza como paisaje extremo, memoria, derrumbe y señal. Aparece en Membranas / La Frontera Indómita, donde la obra deja de ser una superficie fija y se convierte en umbral, piel, pasaje y cuerpo suspendido. Aparece en Latido Estelar, donde la luz ingresa como materia viva y la pintura comienza a respirar en ciclos de aparición y desaparición.
Estas obras no son proyectos aislados. Son distintas formas de una misma pregunta: ¿cómo construir una pintura que no solo se mire, sino que se atraviese? ¿Cómo hacer que la materia deje de ser fondo y se vuelva presencia? ¿Cómo convertir la imagen en territorio, la tela en membrana y la luz en latido?
Me interesa pensar la pintura como una arquitectura sensible. Una arquitectura no funcional, sino existencial. Un espacio donde el espectador pueda entrar en contacto con algo que no se explica por completo: una vibración, una pérdida, una fuerza que insiste, una señal contra el apagamiento.
En esa dirección, la obra empieza a expandirse hacia formatos cada vez más complejos: grandes superficies, bastidores profundos, membranas suspendidas, estructuras habitables, dispositivos lumínicos, recorridos inmersivos y sistemas donde la pintura, el cuerpo y el espacio ya no pueden separarse. La pintura se vuelve ambiente. La obra ya no termina en el borde del lienzo: continúa en la sombra, en la luz, en la distancia, en el modo en que el cuerpo se aproxima o se detiene frente a ella.
Este desplazamiento implica también una necesidad concreta: espacio de producción. No como comodidad, sino como condición de obra. Hay proyectos que no pueden pensarse únicamente desde una mesa, una pared doméstica o un rincón improvisado. Necesitan escala real, tiempo de montaje, pruebas de luz, ensayos de tensión, distancia para mirar, lugar para equivocarse, corregir y volver a construir.
La investigación actual de mi obra necesita ese pasaje: del cuadro al territorio, de la imagen al espacio, de la pintura como objeto a la pintura como experiencia habitable. No se trata de abandonar la pintura, sino de llevarla a su límite. Forzarla hasta que empiece a comportarse como refugio, frontera, cuerpo, señal y presencia.
Por eso la idea de una pintura habitable no es una ocurrencia formal. Es una consecuencia natural de mi recorrido. Nace del aislamiento, del barco, del taller en la intemperie, de la serie Pandemia, de los territorios que todavía cantan, de las membranas que separan y dejan pasar, de las luces que se apagan y vuelven a encenderse.
Una pintura habitable es una obra que no se conforma con ser vista. Quiere rodear, afectar, contener, incomodar, proteger y revelar. Quiere construir una experiencia donde el espectador no esté frente a una imagen, sino dentro de una tensión.
En esa tensión se ubica mi trabajo actual: entre lo primitivo y lo contemporáneo, entre la cueva y el dispositivo, entre la materia oscura y la señal encendida, entre el refugio y la intemperie.
Pintar, para mí, es construir un territorio donde algo de la sensibilidad humana pueda resistir.
Un lugar para atravesar el límite.
Un espacio donde la materia todavía respire.
Una señal indómita contra el apagamiento.