Pinto en tensión.
No como estilo.
Como condición.
La pintura ya no ocupa un lugar estable. No alcanza con hacerla bien, ni con sostener una tradición. Tampoco con desplazarla hacia lo conceptual como si eso resolviera el problema.
Trabajo en ese borde.
Entre la materia y su disolución.
Entre la imagen y su pérdida.
Entre lo que se puede controlar y lo que se activa solo.
Ahí la pintura deja de ser un objeto cerrado.
Se vuelve inestable.
No me interesa representar. Tampoco me interesa negar la imagen. Me interesa trabajar en ese punto donde la pintura todavía insiste, pero ya no se sostiene de la misma manera.
El color no describe.
La materia no fija.
La superficie no alcanza.
Hay algo que se fuerza constantemente: la necesidad de que la pintura siga siendo posible en un contexto donde todo tiende a volverse inmediato, reproducible, automático.
La pintura no compite con eso.
Se opone.
No desde la nostalgia, ni desde la defensa de un oficio, sino desde otra temporalidad. Una que no se puede acelerar. Una que acumula, que se equivoca, que vuelve sobre sí misma.
Insistir es parte del trabajo.
Pero no alcanza con insistir.
Hay que forzar el límite. Llevar la pintura hacia zonas donde pierde seguridad. Donde deja de funcionar como imagen clara y empieza a operar como un campo.
Un campo donde algo ocurre.
No se trata de explicar ni de ilustrar. Se trata de sostener una experiencia que no se resuelve rápido. Que no se deja consumir en un primer vistazo.
Ahí aparece la tensión.
No como conflicto a resolver, sino como estructura.
La pintura no se estabiliza.
Se mantiene en ese punto.
Y en ese punto, todavía puede suceder.